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miércoles, 1 de julio de 2009

ALCAÑIZ



ALCAÑIZ, recuerdos de la infancia


Mi tío José murió un 12 de abril de 2004, hace ahora cinco años. De él recuerdo, sobre todo, pequeños episodios relacionados con mi infancia en Alcañiz.

Mi hermana Belén y yo pasábamos muchas horas en su casa, que era también la de mi tía Sara y la de mis bisabuelos José y Carmen, padres de Sara y de mi abuela Vicenta.

Ellos nos cuidaban y nos entretenían con juegos y canciones (tradicionales o “de viejo”) mientras mi madre aprovechaba para ir a comprar al mercado, ya que teníamos 5 ó 6 años y no se atrevía a dejarnos solas en casa.

Recuerdo una canción en particular, han pasado más de treinta años y no he olvidado ni una coma:



“Mal de la ajada
que viene cansada
de trabajar.

Llora sin reír,
llora sin hablar.

Una palmadita
y a escapar.

¡Que va, que va,
que va y que va!

Conejico me traerás…

Si no me lo traes
¡no cenarás!”


Se trataba de jugar al escondite: una de nosotras se escondía por algún rincón de la casa y a la otra le tocaba cantar (en vez de contar). Ésta se ponía boca abajo sobre las rodillas de mi tío sentado, tapándose los ojos con las manos. Mientras tarareaba la canción, mi tío marcaba el ritmo con suaves palmadas en la espalda. La última era la más fuerte, la que coincidía con “¡no cenarás!”, y era la señal, el pistoletazo de salida para ir a buscar a la hermana escondida.

Mi tío José siempre estaba de buen humor e intentaba suavizar los gritos y regañinas que nos daba a veces mi tía Sara o mi bisabuela Carmen, que eran un poco secas. Lucía ya entonces pelo blanco y unos coloretes en las mejillas que le daban un aire de bonachón (se parecía un poco al personaje mudo de los Hermanos Marx).

Tengo guardada en mi memoria otra canción. No sé muy bien si es un trabalenguas, un cuento para dormir a los niños… Lo que sí sé es cómo sonaba de la boca de mi bisabuelo José: le ponía una voz misteriosa, como de fantasma, para dar mucho miedo al principio, porque al final saltaba la sorpresa y provocaba la risa.


“¡Kikiriquí!
cantaba el gallo.

¿Qué le pasa?

Mal en el papo.

¿Quién se lo ha hecho?

El escarabajo.

¿Dónde está el escarabajo?

Debajo de la leña.

¿Dónde está la leña?

El fuego la quema.

¿Dónde está el fuego?

El agua lo apaga.

¿Dónde está el agua?

Los toricos se la han bebido.

¿Dónde están los toricos?

A labrar se han ido.

¿Dónde está lo que han labrado?

Las gallinicas lo han escarbado.

¿Dónde están las gallinicas?

A poner se han ido.

¿Dónde está lo que han puesto?

La vieja se lo ha comido.

¿Dónde está la vieja?

A lavar se ha ido.

¿Dónde está lo que ha lavado?

¡Río abajo lo ha tirado!”


A mi bisabuelo no sólo había que escucharlo, también había que verlo. Siempre llevaba la cabeza rapada y cubierta con una boina aragonesa. Su rostro, como el de un viejo señor cubano, raspaba al darle un beso (tenían que afeitarle todos los días). Le faltaba un ojo, pero conservaba la cuenca vacía, no llevaba parche de pirata; también la mano izquierda y el dedo pulgar de la mano derecha, con la que manejaba las cartas de la baraja estupendamente cuando nos enseñaba a jugar al solitario sobre la mesa camilla. Y si no, la tenía casi siempre apoyada en su bastón. Pero era alto y fuerte como un mallo, aunque el haberse roto la cadera varias veces le obligaba a caminar despacio y algo encorvado.

De joven, después de la guerra civil, cuando estaba labrando el campo, se encontró algo que le estalló en las manos (esos malditos restos envenenados que, pasando el tiempo, provocan sorpresas desagradables). Esto le hizo perder parte de su cuerpo, pero no la dignidad ni el humor irónico y a veces desgarrador con que contaba lo que contaba.

Las personas van desapareciendo y quedan los recuerdos. Pero las personas que los poseen tienen que dejar testimonio de alguna forma, porque ellas también desaparecerán algún día. Por eso quería dejar esto escrito. Y si alguien más conoce estas canciones provocarle una sonrisa.


Marisa Lanuza Cabañero. http://marisalanca.blogspot.com/

jueves, 14 de mayo de 2009

ALCAÑIZ





Siempre me han enamorado los pueblos con río y hasta bien poco casi todos vivían de espalda a ellos. En Alcañiz tenemos la posibilidad de acompañar al Río Guadalope desde que inicia su entrada en la ciudad saltando el azud construido en el siglo XII hasta la zona de masicos y huertas camino de su desembocadura en el Ebro. Es mi foto preferida de Alcañiz, en lo alto el Castillo de los Calatravos, en plano medio las abigarradas casas del barrio del Loreto y el río en primer plano.

Cuando éramos críos muchos nos bañábamos en él, eso si, con chanclas o zapatillas viejas para no clavarnos las piedras y poder subir fácilmente a la roca del pozo de los 7 ahogados para después lanzarnos al agua. Ahora nos hemos vuelto pijos y quién no tiene piscina en los masicos prefiere otras opciones de refresco estival. Todo cambia.

Los pasadizos que tantas veces enseñé cuando trabajé en la Oficina de Turismo desembocan también en el río, era una vía de escape en épocas de guerras y conflictos. De hecho en alguna ocasión he escuchado a personas mayores, entonces jóvenes, contar como con velas se adentraban a través de ellos hasta que las filtraciones de agua ahogaban el deseo de llegar al otro lado.

Las gentes de Alcañiz varias veces al año nos juntamos de manera extraordinaria en sus orillas, una para las fiestas de Septiembre y otra para celebrar San Jorge con una gran judiada. Recuerdo como hace años, cuando se celebraban las famosas carreras de coches, los turistas acampaban con sus casetas de campaña cerca de la Glorieta. Era síntoma de que la celebración estaba cerca y entre los amigos comentábamos, que ya habían llegado los foráneos.

Un poco más adelante y con el Guadalope en calma total, una alcañizana gitana fallecida, una artista del mimbre, recogía cada sábado los juncos de sus orillas con los que confeccionaba todo tipo de cestas y elementos de decoración, posteriormente los vendía llamando puerta por puerta. Muchos vecinos hemos tenido uno de sus cestos donde guardar los caracoles que íbamos a buscar cuando llovía.

En sus orillas también existe un importante patrimonio arquitectónico como los Torreones, la Fuente de los 72 caños, el Molino Alto o una antigua fábrica de papel que enterró una riada durante siglos. Hoy todas estas construcciones vacías de contenido lucen recuperadas eso sí y muestran la riqueza que a lo largo de la historia se construyó al lado del río Guadalope a su paso por Alcañiz. Una vez más se demuestra eso de que los ríos dan mucho más de lo que reciben por las ciudades por donde pasan.



Oscar Morera. http://echandoelvermut.blogspot.com/